Hemeroteca :: 30/04/2010
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OPINIÓN
Última actualización 22/04/2010@03:38:15 GMT+1
Compré la primera novela publicada de Domingo Villar, la que da inicio a las aventuras de su inspector de policía Leo Caldas, con ánimo de comprender cómo se hace hoy día una novela policiaca y cómo se consigue el éxito de ventas. Y me encontré con que el método sigue siendo el mismo que entonces, es decir, que cuando comenzó lo que hoy llamamos novela negra o policiaca o criminal. Hablo de los tiempos de Cain, de Christie, de Chandler y de Hammett, cuando se sentaron las bases del género de manera tan sólida que es imposible presentar un nuevo título sin caer en alguno de sus tópicos.
Eso es precisamente lo que busca el lector de género, ya sea el policiaco, histórico, erótico o del oeste: el tópico del que disfrutó en la primera novela que cayó en sus manos. Y es también lo que persigue el escritor de género: recrearse en esas peculiaridades que lo asombraron y que despertaron en ellos la necesidad de escribir. Villar no pretende ser la excepción en estos Ojos de agua. Crea un protagonista, Leo Caldas, serio, poco hablador, inteligente, con la impresión de que tiene un dato de más que explicará el misterio o un último recurso para atrapar al criminal. Y a su lado sitúa a un ayudante, Rafael Estévez, que sirve para teñir de humor el relato y para dar la réplica al actor principal, asombrándose de su forma de manejarse igual que se asombra el lector, de la misma manera que hicieran Watson, Hastings o, más recientemente, Virginia Chamorro.

Es casi una norma en la novela policiaca situar un cadáver en los comienzos, si es posible en la primera página para satisfacer a los puristas, planteando así el conflicto ante el lector cuando aún se está acomodando en el sillón; y renovar el impacto hacia la mitad del texto con un nuevo asesinato, que conviene hacer recaer sobre el principal sospechoso, para cambiar el rumbo de la investigación, o sobre aquel personaje en que teníamos depositadas las esperanzas para arrojar luz sobre el misterio. Villar demuestra oficio cumpliendo con estos dos requisitos sin tratar de ocultar que está casi obligado a ello y que sin esas dos muertes el relato no tendría sentido.

Pero toda novela, por muy de género que quiera ser, se explica por sus singularidades, y Villar, como otros, aporta lo suyo. Para empezar aleja la acción del ambiente de la ley seca o de la campiña inglesa y la sitúa en Vigo, una tierra de la que tiene cosas que decir. Además, el ayudante es foráneo, lo cual le sirve para contrastar la idiosincrasia local y para sacarnos una sonrisa ligera cuando el aragonés se desespera ante la ambigüedad gallega.

La taberna de la que el héroe es parroquiano, Eligio, no es ninguna invención, sino un establecimiento que existe hoy día y que además posee una historia legendaria donde caben nombres de tertulianos como Álvaro Cunqueiro; el regente actual se llama Carlos, e interviene en el relato con algún consejo al inspector. Otro aporte destacable es la figura del comentarista radiofónico en la persona del mismo Caldas, que sirve para conferir cierto tono aldeano al ambiente y como vía de escape de lo policial hacia lo cotidiano.

Una lectura detenida de Ojos de agua valdría para extraer otros atributos que la distinguieran de sus competidoras en el género, pero no cabe duda de que pertenece a la escuela que siguieron Carvalho, Bevilacqua y compañía. Cuando un autor de novela policiaca se salte alegremente estos tópicos, prescinda de muerto inicial y de investigador sagaz y de acompañante comparsa y gracioso y de jefe de policía gritón y demás, y a pesar de ello consiga un producto aceptable, ameno, apreciado por lectores, del que el propio escritor se sienta satisfecho como se sintieron los precursores, entonces habrá creado un género nuevo.
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