OPINIÓN
Última actualización 29/04/2010@04:15:41 GMT+1
Mentir no sólo no es un defecto sino que resulta imprescindible en nuestras vidas. Según Mark Twain en su Ensayo sobre la decadencia del arte de mentir, “no existe hecho más firmemente establecido que el de considerar la mentira como una necesidad de nuestras circunstancias”. Ateniéndonos a la vieja frase que dice que los niños y los tontos siempre dicen la verdad, deduciremos con Twain que la mentira es la materia prima principal entre los adultos y los sabios.
Si nos cruzamos con una amiga a la que no veíamos hace tiempo nunca le diremos que la vemos más gorda, que su aspecto está desmejorado, que le huele el aliento a estiércol, por mucho que esas sean nuestras primeras impresiones. El daño que produciríamos en ella sería incalculable, además de innecesario. A poco razonables que seamos, a poco que nos importen los sentimientos del prójimo, trataremos de llevar la conversación a otros parajes, y no nos faltará la tentación de arrojar una flor: estás estupenda.
El recurso de la mentira es aplicable a todos los órdenes de la vida. Por eso debemos dar importancia a su cultivo con un mínimo de solvencia, especialmente en lo que se refiere a nuestros gobernantes. Con todos sus defectos, hay que reconocer que Felipe González nos mentía con elegancia, sabiendo lo que hacía, dirigiendo sus falsedades a la consecución ulterior de un fin que solía redundar en nuestro beneficio. Nos pensábamos que José María Aznar no estaría a la altura de tales embustes, y resultó que, en otro estilo quizá menos sutil pero al menos igual de práctico, entendió la coyuntura y nos mintió todo lo que le fue posible en unos años que ahora recordamos como se añoran las más bellas utopías. Son pocos los dotados por la naturaleza para el arte de embaucar, pero los hay. José Bono o Alberto Ruiz Gallardón nos mentirían deliciosamente, con sentido de estado, poniendo el énfasis en aquellas faltas que más nos duelen para asegurar nuestro bienestar. Y seguramente podríamos extraer otros casos de próceres en potencia si acudiéramos a las mejores familias y a las universidades más prestigiosas.
Mentir, mentimos todos. Alguien que a toda hora dice la verdad es un ser inexistente. Pero no cualquiera puede pertenecer al selecto club de los artistas del embuste, y hay épocas de la historia en que, por desgracia, escasean. “Ningún hombre de principios, ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así prostituido”, dijo Twain, y sus palabras son tan vigentes hoy como entonces.
Nuestro presidente actual no sabe mentir como es debido. Mentir, miente, como todos. Pero ese es el problema, que lo hace como cualquiera, sin estilo, saliéndose del camino trazado por sus antecesores. Sus mentiras no van a ningún lado, no tienen razón de estado, y además se le notan demasiado. Ya sabemos que un buen político debe ser como un buen mago, a quien no se le ven los trucos. Disfrutamos como enanos con los números de Juan Tamariz a pesar de que sabemos con absoluta certeza que nos engaña, porque su manipulación es premeditada y le sirve para alcanzar un resultado admirable. A Rodríguez Zapatero en cambio se le cae la baraja de las manos cuando intenta mezclar los naipes. Anda por la mitad de su segunda legislatura y aún no ha soltado una mentira en condiciones. Deberíamos pagarle un curso acelerado sobre cómo mentir con propiedad, o cambiar de mago.