OPINIÓN
Última actualización 20/07/2010@07:48:30 GMT+1
Por siglos, la llamada ruta de la seda enlazaba Oriente con Occidente. Carruajes y caballos iban y venían desde Roma, Venecia, Paris hasta la India y China donde se cultivaba esa seda tan atractiva para las menos desarrolladas ciudades europeas y también las especias que daban sabor a las comidas y en las que Oriente era especialista.
La ruta de la seda, que hizo famosos los viajes de Marco Polo se interrumpió con el descubrimiento de America y la Revolución industrial. Pero desde hace unos años, China se está especializando en abrir una nueva ruta de la seda, de diferente naturaleza y estructura.
China está construyendo trenes de alta velocidad por toda Asia, a Oriente Medio y pronto a Rusia y Europa.
Es la nueva faz del poderío chino que se enfrenta con el americano, no tanto con la fuerza militar sino con el comercio, con la colaboración tecnológica, con la asistencia al desarrollo con clientelas cada vez más grandes en Asia, Africa y América Latina.
Los trenes de alta velocidad, que ya circulan en China, son la solución al transporte de larga distancia, contaminan mucho menos que los aviones y los automóviles y son también una alternativa energética.
Lo propio del modelo chino es que está ofertando la construcción y la gestión del tren de alta velocidad a países que aún no pensaban desarrollarlo y que de pronto descubren como ese nuevo medio de transporte les va a permitir comerciar mucho más ampliamente.
Porque el eje del nuevo proyecto chino es la expansión del comercio y, sobre todo, su versión pacífica. El imperialismo comercial que inició Europa y ha mantenido America apenas tiene ya defensores y las diferentes formas de soberanía, especialmente las latinoamericanas, se oponen a él.
China ha ido paso a paso a una globalización de las mercancías que va a marcar los siglos venideros. Porque no solo es que el poder militar ya no garantiza la dominación en un mundo crecientemente democrático. Es que el lenguaje del comercio lo entienden todos y lo pueden practicar todos. El escenario donde la influencia china se está incrementando día a día es el Oriente Medio, una zona donde las rutas del petróleo han creado una situación muy conflictiva. China ha intentado, desde el primer momento, un acceso pacífico y comercial a la zona, también porque necesita su petróleo y está dando a cambio otras opciones, especialmente ahora la tecnología del tren de alta velocidad.
China no ha accedido a participar en el bloqueo a Irán. No solo eso, mantiene con Iran unas relaciones de gran intensidad. Le compra su petróleo y a cambio le proporciona tecnología. Estados Unidos ha tratado de garantizar a China el suministro de petróleo a cambio de que no se amigue con Iran pero no lo ha conseguido. La política de China desarma los poderíos militares. Para China lo importante es comerciar, prosperar, desarrollarse. Tiene algún conflicto como el del Tibet pero lo quiere resolver también a base de desarrollo material.
Al final la tierra de Confucio va a consolidar esa filosofía. Confucio creía que no había vida mejor que una tranquila dedicación a los placeres y deberes familiares y locales. A Confucio le parecían peligrosas las ambiciones políticas y generó un pacifismo que no ha estado de moda hasta ahora. Porque el antibelicismo prospera en las nuevas generaciones que se niegan a participar en aventuras militares y que creen que la guerra de Afganistán no se puede ganar con bombas.
También con Afganistán está comerciando China y pronto, el epicentro de la acción política pasará a ser Asia. Algo poco digerible para los europeos, para los americanos que nos creíamos el centro del mundo pero que ya no lo somos. Y especialmente demográficamente. Uno de cada cuatro habitantes del planeta es chino.